Flashes de Viajes II: Amsterdamas de compañía

Otra entrega de esta nueva sección de PULSO GESELINO. El gobierno holandés reveló que la prostitución y el cannabis generan 2500 millones de euros al año. Más que las industrias del pan y el queso. Lo que no cuentan esos datos es el entretejido de violencia y explotación.

Por Juan Ignacio Provéndola | Aunque el folclore universal considera a la prostitución como la actividad más vieja del mundo, ésta tiene su museo recién desde el año pasado. Naturalmente, está en Holanda, ese lugar insólito en el que los locales venden marihuana, las mujeres se exhiben en vidrieras y, como si esto fuera poco, la Reina es argentina.

La oferta (y, por añadidura, la explotación) sexual en el lugar se remonta al 1600, cuando el puerto de Ámsterdam entró en el circuito de rutas comerciales europeas y la demanda de voraces marineros abrió nuevos mercados locales. La legalización del año 2000, mundialmente difundida y discutida, lo único que hizo fue darle papeles a una actividad instalada e instituida durante varios siglos.

El Museo de la Prostitución, instalado en un viejo burdel del emblemático Barrio Rojo, reproduce habitaciones “de servicio”, objetos de todo tipo y hasta un repaso de la vestimenta del “oficio” en los últimos cien años. Ámsterdam lo muestra con orgullo y lo fomenta como atractivo turístico.

Louise comenzó a los 20 años, obligada por su marido. Al año introdujo a su hermana Martine, empujada por necesidades económicas. Medio siglo después, las gemelas Fokkens calculan haberse acostado con más de 350 mil tipos. Lo contaron en “Meet the Fokkens”, un reciente documental dedicado a ellas.

Durante toda su “carrera” en el rubro, las gemelas administraron burdeles, tiendas comerciales y hasta lideraron un intento de sindicato. A los 74 años, Martine aún atiende a unos pocos clientes, mientras que Louise se tuvo que retirar por una artrosis. Problemas de la edad, dirían algunos. Son uno de los símbolos mas legendarios de la cultura prostibularia de Ámsterdam. La que se sucede entre marquesinas con senos fluorescentes, teatros de pornosoft, locales con penes de gomaespuma y vidrieras llenas de carne humana embutida en lencería chirriante. Postales del Barrio Rojo, atiborrado de bicicletas, canales y turistas que reptan de bar en bar.

En el centro de Ámsterdam sobrevuela siempre la sensación de que todo está a punto de explotar. Y, sobre todo, de que eso jamás ocurrirá. La adrenalina del caos controlado estal vez uno de sus mayores encantos turísticos. Pero se trata de una fantasía que poco tiene que ver con la realidad: a 15 años de la legalización, el gobierno holandés reconoce con timidez que no logra contener las actividades derivadas de la prostitución: el tráfico y la trata de personas. El negocio de la prostitución no es el individuo pagando por sexo, sino la organización que se monta para mercadear mujeres. Algo que no se ve en las vidrieras. O sí.

El año pasado, un grupo de prostitutas realizó una performance coordinada desde distintas vidrieras de Ámsterdam. Comenzaron con un hipnótico y prolongado baile erótico. Y, cuando lograron la atención de miles y miles de peatones, desplegaron un gran cartel: “Cada año, a miles de mujeres se les promete una carrera como bailarina en el oeste de Europa. Por desgracia, a continuación, terminan aquí”. Distintas estimaciones señalan que el 75 porciento de las casi diez mil prostitutas de Ámsterdam provienen de esa zona.

“Todas las experiencias te conforman como persona, pero si no sos lo suficientemente fuerte, te destrozan. Nunca te acostumbrás, y muchas chicas toman drogas para hacerlo más ligero. Hay que satisfacer los deseos de los clientes. Algunos desean pegarte, otros quieren comportarse como una mujer. Algunas pueden negarse, otras no”. Lo contó Patricia Perkin en su libro “Detrás de los escaparates del Barrio Rojo”. Su marido la echó de la casa cuando se enteró que era infértil y una amiga la acercó a la actividad. Sólo una quinta parte de lo recaudado acababa en su cartera. Un cliente que la frecuentaba, le propuso casamiento. Ella se negó y él empezó a ahorcarla. La salvaron dos colegas que escucharon sus alaridos.

Tiempo después, Patricia pudo finalmente librarse de la red que la sometía. Esa noche, fue a tomar unas cervezas a un bar y luego incineró sus prendas en una plaza. “Puedo prender fuego mi ropa, aunque nunca podré quemar mis recuerdos”, escribió.

El mercado “formal” también presenta sus dificultades. Algo tan sencillo como encontrar vivienda o acceder a beneficios bancarios como una tarjeta o una pequeña cuentita se vuelven obstáculo para las prostitutas “blanqueadas”. Desde su blog, Felicia Anna (rumana de 27 años), le dio visibilidad a este problema denunciando que muchas empresas prestadoras de servicios la despreciaban por su condición. Además, resaltaba que sucedía algo similar entre quienes decidían dejar la prostitución y de todos modos eran impugnadas en posteriores postulaciones laborales. No es difícil imaginar lo que eso origina: la subsistencia de redes clandestinas que operan fuera de la ley. Evitando, en definitiva, el escrache en un registro que luego será consultado por terceros. El secreto, siempre enemigo, ahora se vuelve aliado. Es el instinto de supervivencia.

A principios de este año, el Ayuntamiento de Ámsterdam convocó públicamente a inversores privados a comprar cinco edificios con destino de prostitución. La idea, dicen, es alojar a 40 mujeres y permitirles la autogestión de su negocio. “Así evitamos la trata”, explicaron con énfasis esos señores que… ¿aceptarían a sus hijas entre las ocupantes de esos cubículos de 6 metros cuadrados con una cama, un tocador y un bañito con vista a la calle?

En la ciudad de La Haya funciona un centro de atención a víctimas del mercado sexual holandés. Allí se atiende medio millar de personas, entre las que también hay hombres y trans. La experiencia es tan buena que el gobierno duda en ampliarla, pues sería darle visibilidad a nuevas víctimas, aumentando las estadísticas de un problema. Son muchas las personas que quedan al otro lado del goce.

Dos ingenieros neocelandeses acaban de proponer una solución: un proyecto de mujeres androides, programables a través de un software y hechas con un material resistente a las bacterias. Entre los beneficios, sus impulsores destacan la desaparición del tráfico de personas, la prostitución infantil y las enfermedades de transmisión sexual. Están convencidos de que, en 2050, estos robots se convertirán en los principales protagonistas del sexo. Según ellos, la evolución se grafica en una mujer reducida a un objeto de goma con microchip. Para entonces, si es que esa alunada premonición se cumple, la visión binaria de la tecnología no habrá ido mucho más allá que la de aquellos marineros sin modales que frecuentaban los primeros burdeles de Ámsterdam en el 1600.