Flashes de Viajes III: Jerusalén, ciudad de Cristo

Otra entrega de la nueva sección de PULSO GESELINO. Esta vez, una crónica de viaje sobre la legendaria ciudad que hace 2000 años vio nacer a Jesús y que hoy es epicentro del conflicto irreconciliable entre Israel y Palestina.

Por Juan Ignacio Provéndola | Los que entran por primera vez a Jerusalén se preguntan el nombre de la cárcel que encierran paredones y torres panópticas sucedidas una y otra vez a lo largo del acceso por la Ruta 1. Esa es la imagen que deja la ciudad hoy: la de una enorme unidad penitenciaria acorralada por amplios murallones que Israel ordenó construir en 2003 para distinguir sus dominios de los de Palestina, país con el que se disputa la propiedad de la tierra sagrada sobre la que el judaísmo, el cristianismo y el islamismo construyeron varios de sus relatos fundamentales.

Allí, cuentan, Jesús nació en una gruta y murió en una cruz, mientras que Mahoma ascendió a los cielos tras un largo viaje desde La Meca. Jerusalén es una de las ciudades más antiguas del planeta. Para encontrar tiempos de paz hay que retroceder por lo menos 3 mil años, cuando era capital del Reino de Judea y estaba gobernada por el rey Salomón. Luego fue sucesivamente invadida por persas, macedonios, griegos, romanos y otomanos. Un destino de eterna discordia que hoy se actualiza con israelíes y palestinos, quienes litigan por la propiedad del territorio desde que los británicos renunciaron a su ocupación en 1947.

Aunque los palestinos originalmente habían logrado hacerse de gran parte del mismo, Israel luego pujó por las fronteras en su beneficio en 1967, tras la Guerra de los Seis Días. Fue el inicio de una escalada bélica caracterizada por capítulos de odio, sometimiento y destierro. Desde ese entonces, ambos pueblos se arrojan a autogenocidios despiadados por un terreno que juzgan propio. Y también sagrado. Un detalle escalofriante: lo peor que le puede pasar a una guerra es contar con patrocinio espiritual. Como si los dioses, de golpe, bajaran del cielo para entrar al campo de batalla y volverse atroces.

Al igual que en tiempos bíblicos, la actual Jerusalén cada tanto vuelve a ser refugio de discordias entre los dos pueblos enemistados. En la lucha de sucesivas ocupaciones, el dominante circunstancial levantaba sus edificios e instalaba a su gente, desplazando al enemigo y derribando sus construcciones. Sitios de incalculable valor histórico fueron mudos testigos de tanto desprecio y locura, como el Muro de los Lamentos, el Camino del Calvario (donde conviven seis expresiones religiosas diferentes) o la Cúpula de la Roca, conocida también como la Mezquita Al Aqsa. Todos fueron víctimas de atentados.

En el trasfondo del diferendo entre Israel y Palestina por Jerusalén está también el interés de ambos por establecer allí su capital. Los primeros, de hecho, así la consideran, aunque muchos de los edificios administrativos y embajadas se mudaron a Tel Aviv para escaparle a las tensiones. Los otros, en cambio, debieron establecer su sede política en Ramala, quince kilómetros al norte de donde en realidad quisieran.

Sin embargo, los palestinos ocupan varios sectores al oeste de Jerusalén. Es lo que se conoce como Cisjordania, uno de los dos territorios que el Estado sin reconocimiento mundial tiene sobre Israel. El otro es la Franja de Gaza, al sur, sobre el Mar Mediterráneo y al límite con Egipto. Palestina es un Estado partido al medio no sólo geográfica sino políticamente: Cisjordania y Gaza tienen autoridades diferentes, incluso enfrentadas ocasionalmente.

Distintas propuestas pretendieron poner calma y acercar posiciones entre las dos partes, casi todas fomentadas por países que guardan sus propios intereses en esos lugares y en la conflictiva región de Medio Oriente. Una proponía, entre otras cosas, dividir la soberanía de Jerusalén según la procedencia de sus habitantes. Pero había un problema: unos y otros se habían establecido en barrios ajenos, generando una ocupación caótica y conviviendo con el enemigo. Los límites entre lo israelí y lo palestino se volvieron impredecibles, como la furia ancestral que los empuja a odiarse.

Con el apoyo de sus socios estratégicos, Israel comenzó a levantar en 2003 una serie de paredones sobre Jerusalén. Hoy se acumulan 75 kilómetros de grises murallones que encierran y aíslan a los palestinos al ridículo extremo de tener que mostrar documentos para pasar de un lado al otro, así deban hacerlo todos los días por motivos laborales o personales. Intramuros, quedó bajo dominio palestino la Iglesia de la Natividad, en Belén, al ladito de Jerusalén. Fue construida sobre la posada en la que, según la tradición cristiana, María alumbró a Jesús. Un chiste gráfico muestra a la Virgen embarazada y a su esposo José siendo requisados por militares israelíes. En otros, los Reyes Magos tienen que saltar los paredones para poder llegar a Belén, o siguen a una estrella que, al final, resulta ser un misil.

El conflicto desigual tuvo su último capítulo entre julio y agosto: 2500 muertos, casi 13 mil heridos y cientos de miles de refugiados por los bombardeos. La campaña “antiterrorista” desplegada por Estados Unidos con la OTAN como escolta abrió un frente de combate paralelo entre las potencias bélicas de Occidente y algunas milicias fundamentalistas del Medio Oriente profundo. Un claro ejemplo de los nuevos modos que la guerra asume en estos tiempos, mezcla de odios étnicos, intervención descarada de países ajenos y disputas de soberanía.

Lo que nunca cambia es la carne: las tropas siguen siendo alimentadas por jóvenes inexpertos convocados de apuro y obligados a asomar la cabeza sobre la trinchera en nombre de un jefe que nunca eligieron. Y de un Dios que los deja morir jóvenes, como hizo con Jesús en la vieja Jerusalén.