Vestigios geselinos del Graf Spee, la nave nazi hundida en Uruguay

La Segunda Guerra Mundial tuvo un capítulo sudamericano con el enfrentamiento de acorazados alemanes y británicos en las aguas del Río de la Plata. La increíble historia del buque nazi y los tres náufragos que se establecieron en Villa Gesell para evitar ser capturados por los Aliados.

Por Juan Ignacio Provéndola | Un mes antes de que el Tercer Reich ocupara Polonia (dando inicio formal a la Segunda Guerra Mundial), Alemania había lanzado hacia los mares del sur un crucero destinado a embestir navíos mercantes de bandera británica. El Graf Spee era liviano pero potente, por eso lo llamaban “acorazado de bolsillo”. Su capacidad de daño fue importante, llegando a hundir nueve barcos, pero su buena estrella acabó cuatro meses más tarde, cuando fue atacado por tres cruceros británicos en las costas de Punta del Este y el acorazado tuvo que replegarse en el puerto de Montevideo. El fuego, que duró poco menos de cuatro horas, dejó un tendal de 130 muertos (casi la mitad por bando) y fue la última batalla naval de la historia que se efectuó sin aviones ni submarinos

El gobierno uruguayo solo le concedió a la nave 72 horas de asilo en el puerto montevideano, muy poco tiempo para reparar los innumerables daños sufridos. Sabiéndose irremediablemente derrotado, el comandante nazi Hans Langdsdorff organizó el rescate de toda la tripulación y luego se desplazó 9 kilómetros antes de autobombardearlo y suicidarse. Sucedió el 17 de diciembre de 1939, hace casi ocho décadas atrás.

Lo que sucedió a partir de aquel 17 de diciembre del ’39 se vuelve confuso y controvertido. La gran mayoría de los 1055 náufragos alemanes fueron trasladados en distintas barcazas a Buenos Aires, desobedeciendo a la Prefectura uruguaya. Algunos ven en esta decisión la clara evidencia de Argentina era vista como una tierra más amigable con fugitivos nazis. Otros, en cambio, enumeran todas las dificultades que los alemanes tuvieron que sortear esta nueva vida de destierro.

Aunque fueron liberados y se les asignó una honerosa pensión, 46 de los 50 oficiales se fugaron hacia Alemania, donde volvieron a enrolarse en las tropas de guerra. Luego, replicaron esa conducta muchos marinos rasos. Los que se quedaban debían someterse al control del gobierno argentino, ya que primero lo hacían en condición de “beligerantes” y más tarde como “prisioneros de guerra”.

Es cierto que muchas instituciones y empresas alemanas les dieron cobijo a estos hombres impedidos de regresar a su país. La firma Siemens o el célebre hotel Edén de La Falda fueron algunos de los casos. Otros, cuentan, realizaron tareas de espionaje a favor del gobierno nazi, tal como también lo hacían agentes encubiertos británicos.

Pero también estuvieron quienes debieron arreglársela con los vientos de la brújula, rehaciendo su vida social y laboral en estas tierras del sur que jamás imaginaron habitar. Y así fue como tres de ellos aparecieron en estas solitarias playas, contemporáneamente a la primera oleada poblatoria de inmigrantes alemanes y austriacos. De ellos se sabe lo mismo que de esas épocas geselinas primigenias: poco y nada. Guillermo Saccomanno los describió brevememente en su libro “El viejo Gesell”: “Negus, un hombre alto, oscuro, de pelo negro, que llama la atención por ser alemán moreno. Stöck, maquinista del acorazado, luego pocero y, años más tarde, dueño de una hostería. Shwalbe, el tercer, que se hará famoso en la comunidad local por su capacidad para beber cerveza tocando el acordeón hasta la madrugada, con el tiempo será propietario de un bar”.

El poco conocimiento sobre estos singulares huéspedes dio lugar a especulaciones de toda naturaleza. En gran medida, fue esta presencia la que alimentó por primera vez las sospechas sobre vínculos de Carlos Gesell con el nazismo, o al menos de una presencia de fugitivos más profusa de la que se cree. Sí fue así o no, difícilmente se sabrá. A 75 años del hundimiento del Graf Spee quedan pocos testigos vivos de lo que fue o pudo haber sido. El tiempo sumerge cada vez más los recuerdos, como el agua lo hace con los restos del acorazado que aún yacen en el fondo del Río de la Plata.