La Renga, esquivando charcos en Villa Gesell

A 30 años del primer disco, el baterista Tanque Iglesias recordó esos veranos iniciáticos en nuestra ciudad, donde tocaban en la calle y en la playa (¡y hasta en un camping!) las canciones que luego grabarían para el álbum debut “Esquivando charcos”.  

 

Por Juan Ignacio Provéndola | Hace exactamente treinta años, La Renga publicaba “Esquivando charcos”, su primer disco. Una obra cruda, casera… y breve: “Voy a bailar a la nave del olvido”, “El juicio del ganso” y las otras siete canciones caben en poco más de 35 minutos. La primera de ellas se convertiría en la frase emblema: “Somos los mismos de siempre”. Y la última, en el primer problema: “El blues de Bolivia”. Pero lo que finalmente trasciende es la obra, y el álbum maduró bien: cumplen tres décadas canciones aún inoxidables. 

Para ese entonces, el grupo de Mataderos llevaba casi tres años tocando. Y, en simultáneo, curtiendo Gesell. La Villa está muy relacionada a aquellos tiempos iniciáticos en donde la banda se fue moldeando hacia el disco debut. El Tanque Jorge Iglesias fue el primero que conoció la ciudad, en el verano del ’87. El baterista luego volvió con Chizzo Nápoli. Y en 1989, la banda completa. “Esquivando charcos” saldría recién en 1991. 

Viendo la cantidad de artistas que tocaban en playa, en la calle y en los bares, regresaron en 1990 ya equipados, para seguir esos pasos. Era una buena oportunidad para dar a mostrar su música ante públicos desconocidos, y encima de todo el país, como los que suelen veranear en la costa atlántica.

La idea era hacer lo que Tanque y Chizzo habían visto el verano anterior: “Fuimos con una consola Ionic de 4 canales, dos baflecitos y un par de micrófonos. Era todo muy básico. Y los chicos, además, le hacían sonido a artistas que cantaban en bares. Con eso también zafábamos las vacaciones”, recordó Tanque Iglesias. 

Lejos del centro, La Renga decidió acantonarse en el camping Monte Bubi, de Rosemarie Gesell, una de las hijas del fundador de la Villa. La banda y la familia pegaron muy buena onda, al punto que varias veces pudieron armar y tocar entre las carpas. Era una especie de ensayo abierto, con la posibilidad de darse a conocer ante otras personas. Todo ganancia. “Aunque a veces eran muchos, siempre fueron tranquilos y respetuosos. Gente de primera. Unos divinos”, los recordó Rosemarie, la menor de los seis hijos que tuvo Carlos Gesell. 

Tanque registra haber tocado en la peatonal de la avenida 3, a la gorra, frente al local de videojuegos de Sacoa, desde donde les tiraban un cable para enchufar todo. También lo hicieron en el Toulouse Bar, un efímero antro de la vieja avenida Costanera, casi paseo 111, que en su único verano de existencia geselina vio nacer a tres bandas: La Renga, Los Piojos y Divididos. “¡Hasta terminamos tocando en el cumpleaños de un nenito! Creo que nos invitaron los padres, a los que les gustaba nuestra música. Fueron unas lindas vacaciones”, dijo Tanque. 

El problema es que, al verano siguiente, no pudieron volver a tocar en la calle. “Al menos no con baterías grandes”, explicó Tanque. Aunque, al mismo tiempo, el grupo padecía cierto asedio por merodear el centro. “A veces entrábamos a Sacoa y nos pedían documentos. De golpe, todo se empezó a poner un poco hostil”. Década del ’90, Policía Bonaerense, Operativo Sol y unos pelilargos del marginado sur porteño gritando entre guitarras filosas canciones que decían cosas tales como: “yo no sé para qué habló, si después se arrepintió de su letra; a lo mejor temió que su suerte le diera palos a su inconsciente y no lo dejara dormir”.  

Las complicaciones con la policía fueron de menor a mayor. Otra vez, mientras daban un show en La Mar en Coche (uno de los epicentros de espectáculos en los veranos geselinos de los ’80 y 90’), padecieron una especie de operativo comando en el que los policías entraban por las ventanas. Lo mismo le había ocurrido a Divididos. Todos fueron palpados de armas. Incluso Tanque, que estaba nada más que con una malla. “Era como que el centro nos expulsaba y nos decía: “No vuelvan más”, jaja”, se ríe el baterista. 

Pero lo peor ocurrió sin los instrumentos encima. Y de día. “Me había comprado una moto re linda y nos fuimos con Chizzo a lo de unos amigos que estaban parando cerca de la vieja terminal de micros. Apenas puse el pie para bajarme en Gesell, vino la policía y nos arrestó. ¡Llegamos y, automáticamente, nos arrestan! ¿Por qué? ¡Por nada! Nos llevaron a la comisaría. ‘Sáquense los cordones. Se van a quedar acá’. Fue una cosa shockeante”, recuerda Tanque. 

“Hasta que, en un momento, traen al calabozo a otro pibe detenido. Y medio que nos conoce. Incluso le pide un autógrafo a Chizzo. “¿Quiénes son?”, preguntaron los policías. Terminamos firmándoles autógrafos a los canas. Si no hubiese sido por ese pibe que nos conoció, creo que todavía estábamos adentro. Así fue aquella bienvenida a la Villa, jaja”.  

En lo sucesivo, los músicos siguieron yendo. Ya sea juntos, o por separado. La última vez que tocaron formalmente como La Renga fue hace casi veinte años, el sábado 2 de febrero de 2002, en el Autocine. Ahí habían estado también el 20 de enero del 2001. De allí en más, toda visita fue en plan de descanso y distensión. Aunque eso, a veces, también significara tocar: en verano del 2020, los hermanos Tanque y Tete Iglesias aceptaron el convite de La Bella Época, banda amiga que estaba tocando en la Villa. Nada distinto a lo que ellos mismos o el propio Chizzo suelen hacer, tal como lo demuestran decenas de videos caseros en YouTube. 

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