“Lo que siempre me atrajo de la bici es la sensación de libertad”

El geselino Eduardo Provéndola vive en Buenos Aires desde hace diez años, donde se entrena para realizar travesías en bici por todo el país; en la última, cruzó a Chile partiendo desde San Martín de los Andes.

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Su sueño es ir al Tibet y recorrer el llamado “techo del mundo” en bicicleta. Después de varias travesías recorriendo el norte argentino o cruzando a Chile a través de la cordillera, Eduardo Provéndola no mezquina ilusiones y traza objetivos audaces. Como cuando tenía diez años y, junto a unos amigos, organizó su primer viaje en dos ruedas, a Gral. Pacheco, a 25 kilómetros de su casa.“En esos tiempos, tenía una Legnano rodado 24 heredada de mi hermano que todos los veranos desarmaba, pintaba y volvía a armar”, cuenta.

Eduardo nació en Buenos Aires, se crió en el barrio de Núñez, cursó algunas materias de Ciencias Económicas en la UBA, fue Analista de Sistemas y se mudó a Gesell luego de casarse con Mirta. Fue en 1981. En la Villa tuvo una pinturería y trabajó en hotelería. También militó en política y fue concejal durante dos períodos diferentes. Y se reencontró con la bicicleta: “Después de mucho tiempo, Mirta, mi esposa, me regaló una rodado 26 con 21 cambios que retiré en la bicicletería Luisito, de 107. Ahí empecé a pedalear por la bicisenda del Boulevard, el camino al Aeropuerto y, con un poco más de entrenamiento, hasta Cariló, Juancho y Mar de las Pampas”, cuenta.

Después de varios flirteos, el verdadero romance con los pedales se consumó de vuelta a Buenos Aires, en 2002. “Comencé recorriendo los barrios porteños, como una manera de reencontrarme con la ciudad. Leía el libro “Buenos Aires, ciudad secreta”, de Germinal Nogués, de donde sacaba pistas de lugares para visitar. Después empecé a ir hacia Tigre, Maschwitz, Escobar, Cardales o Luján”. En simultáneo, empezó a entrenar en MTB Tours. Rutinas de dos horas en el circuito KDT, tres veces a la semana, a las que luego le sumó ejercicios de running, siempre a las órdenes de los profesores Mariano D’ Alessandro y Jorge Ascani, éste último de Sportream. De la combinación de ambos entrenamientos surgió su primera experiencia en un duatlón. Fue el año pasado, en el Dua Ciudad de Buenos Aires, donde totalizó 30 kilómetros en bici y 6 a pie.

Para ese entonces, ya se había iniciado en el duro tranco de las travesías por la Patagonia y los cruces a Chile en bici. El primero, en 2006, lo realizó con una Zenith Alpes comprada originalmente en la Rodados Macca, a la que le quince años después le agregó suspensión y ajustó lo indispensable para soportar un duro periplo de 230 kilómetros que incluía Bariloche, Puerto Pañuelo, Lago Frías, Peulla, Lago de Todos los Santos, Puerto Varas, Puerto Montt e Isla de Chiloé, los últimas ya en Chile. Aquella aventura iniciática duró una semana. “Visto a la distancia me parece increíble. Tenía más entusiasmo que conocimiento, y más voluntad que preparación física”, dice.

Las experiencias se fueron replicando con mayor intensidad, nuevos horizontes y mejores fierros (actualmente tiene una Raleigh Mojave 9.5 de carbono con freno a disco hidráulico, cubiertas Michelín sin cámara y equipamiento Shimano XT). Además de seguir cruzando los Andes por otros caminos (el Paso Hua Hum, Icalma o el Lago Puelo, duro camino a través de una senda de caballos), también pedaleó por Salta y Jujuy, recorriendo las cuestas del Obispo y del Ipam, las salinas, Tilcara, Purmamarca e Ytuya, a 5000 metros de altura, y por Córdoba, a través de la Cumbrecita, Río Pinto, Villa Gral. Belgrano y San Marcos Sierras.

Vistas alucinantes, paisajes increíbles y postales soñadas. Sabores, olores y colores de la Argentina extensa y profunda. Los distintos caminos le fueron convidando secretos y misterios, a veces de manera amable, otras veces no tanto.“Una vuelta, estaba haciendo el cruce desde el Parque Villarrica de Coñaripe a Termas de Pasquín, en Chile. Es una senda que atraviesa un bosque espeso durante 20 kilómetros, cortada ese año por los árboles que habían caído por el peso de las nevadas. Aunque salí decidido a cruzarlo, me encontraba con muchas araucarias tiradas y la senda camuflada en la vegetación frondosa, tan típica de esa selva valdiviana, que es lo más parecido al paraíso. Como era de esperar, perdí el camino. Pasaron las horas, empezaba a caer la tarde y no veía a nadie. Me empecé a preocupar porque no tenía ni carpa ni bolsa de dormir. Hasta que se abrió el bosque y encontré lo que, suponía, era la senda. Después, aparecieron dos andinistas que iban al refugio del volcán y me confirmaron que estaba cerca de las termas que yo buscaba. Un alivio y una alegría”.

Los encuentros con otros aventureros son normales en este tipo de actividades. Como aquellos rosarinos que conoció en pleno cruce a Chile, los cuáles le contaron que durante el viaje habían encontrado una bolsa de facturas que, casualmente, eran las que él mismo había perdido días atrás.“Los encuentros en medio de la nada son muy lindos”, explica Eduardo, quien vuelve a desplegar el mapa para encontrar nuevos rumbos. Será el Tíbet, Costa Rica, o cualquier otro que le siga convidando esa inigualable sensación de libertad que ofrece el pedaleo a dos ruedas.