“Si el alma es capaz de atesorarlas, las aventuras no terminan nunca”

Después de cruzar seis veces la Cordillera de los Andes en bicicleta, este año el geselino Eduardo Provéndola cambió de desafío: se bajó de las dos ruedas para trepar a pie el volcán Lanín junto a Mirta Perriconi, su esposa.

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El año pasado ya habíamos hablado de Eduardo Provéndola, este geselino radicado en Buenos Aires que desde hace varios veranos realiza la aventurera odisea de atravesar distintos pasos internacionales de la Cordillera de los Andes en su bicicleta (aquí pueden leer la nota en cuestión:http://www.pulsogeselino.com.ar/noticias.php?id=107)

Cansado de hacer lo mismo, de hacerlo solo, o simplemente motivado por la curiosidad de descubrir cosas nuevas, Eduardo esta vez cambió de planes y se animó a otro desafío de rigor: la escalada del Lanín, el maravilloso volcán de casi 3800 metros de alto que se recuesta entre Argentina y Chile, a la altura de la provincia de Neuquén y de la región de Araucanía.

Pero no es el único cambio con respecto a sus anteriores experiencias deportivas. “Esta vez lo hice con Mirta, mi compañera de toda la vida, con quien empezamos a pergeñar la idea del ascender el volcán”, apunta Eduardo. Ambos vivieron en Villa Gesell entre 1981 y 2001, tiempo en el que él se dedicó a diversas actividades comerciales y al ejercicio de la política, mientras que ella se desempeñó como médica en las áreas de Clínica e Infectología del Hospital Municipal.  

“Las grandes aventuras siempre comienzan en pequeñas conversaciones, y estas se dieron a mediados de 2014, cuando empezamos a investigar con ella sobre operadores turísticos, fechas disponibles, entrenamiento adecuado, equipo necesario, y alojamiento”, describe Eduardo. Junto a Mirta trazaron como fecha la primera quincena de febrero de 2015 y se impusieron un plan de entrenamiento exigente: una sesión semanal de 10 a 12 kilómetros con cuestas y ejercicios de fortalecimiento y otra de fondo, con el doble de extensión. Además, por su cuenta, cada uno hacía su trabajo: Mirta repetía caminatas al menos otras dos veces a la semana, mientras que Eduardo hacía 100 kilómetros en bici, en dos sesiones.

“A pesar del frío, el viento, la lluvia y el calor al inicio del verano, cumplimos con esta rutina a rajatablas y nos hicimos todos los controles médicos necesarios (análisis, estudios, ergometrías y consulta con cardiólogo) para evitar cualquier riesgo innecesario”, describe Eduardo. Tal como lo planificaron, en la fecha prevista ambos estaban en San Martín de los Andes, punto previo a la escalada, “con el entusiasmo y la ansiedad propia para encarar una aventura desconocida”.

A continuación, transcribimos textual el relato sobre la travesía que Eduardo subió a su blog personal, travesiamtb.blogspot.com

 

“El ascenso comenzó el domingo 15 de febrero, a las 6 de la mañana. Nuestra meta del primer día era subir hasta el primer refugio, para lo cual se estimaban unas seis horas. A marcha firme y constante, y con las paradas necesarias para hidratarse y reponer energías, llegamos al destino después de cuatro horas. Elongamos, almorzamos y descansamos pensando ya en el próximo día, cuya jornada se iniciaba aún más temprano: a las 2 de la madrugada.

Nuestro segundo día comenzaba de noche. Faltaban unas horas para que el sol se despertara, pero de todos modos la montaña se presentaba amigable, con un clima ameno. Así, apaciblemente, transcurrió el resto de la jornada. Cenamos a las 19 horas y nos fuimos a dormir. 

Otra vez nos levantamos a las 2 AM, desayunamos y una hora y cuarto más tarde ya estábamos partiendo hacia el lugar esperado: la cumbre.  Hacía frío, no tanto, y a poco de marchar entramos en calor. El obstáculo no era la temperatura sino el impacto del esfuerzo, fundamentalmente en nuestros cuadriceps.

Transcurrida la primera hora, llegamos al refugio “Caja”, donde nos preguntaron si seguíamos o queríamos regresar. Sin dudarlo, continuamos. Después de casi cuatro horas de caminata, empezaba a amanecer. El silencio profundo que nos rodeaba, sólo interrumpido por el crujido de las pisadas en las piedras, era cómo una música que nos alentaba hacia la cima.

Con el correr del tiempo fue desapareciendo ese sonido armonioso y se empezó a escuchar el crujir de nuestro cuerpo, producto de tamaño esfuerzo. Aparecieron las típicas preguntas del tipo “¿qué hago acá?”, “¿por qué vine?” y afines. Lo que nos dio el impulso final fue esa cuota de adrenalina que preludia a los grandes eventos. La cima estaba allí, ahí nomás. Faltaba poco, casi nada. Necesitábamos sólo un pequeño esfuerzo, buscar las últimas gotas de energía. Así fue como nos encontramos con esa visión celestial en 360 grados. ¡Llegamos!

Felicidad, alegría y una gran emoción por haber cumplido con nuestro sueño nos rodeó en ese momento. La poca energía que nos quedaba la usamos para contemplar y llevarnos para siempre en nuestra retina esa vista inigualable.

Pero aun nos faltaba lo más difícil: el descenso. No teníamos una técnica adecuada para hacerlo. Nuestros cuádriceps actuaron como freno para evitar caídas, los dedos de los pies se fueron lastimando de tanto golpear con la punta de los borcegos y la falta de agua por más de 3 horas nos llevó a padecer las consecuencias de una mala hidratación. Todo se fue demorando.

Llegamos al refugio a las 17, y después de hidratarnos y de un pequeño descanso reiniciamos la marcha hasta la base del volcán, donde arribamos a las 2. Fueron 17 horas demoledoras en movimiento antes de, al fin, llegar al estacionamiento. Sólo queríamos ir a dormir y reponernos. Algunos días de descanso en San Martín de los Andes nos devolvieron las energías perdidas y la capacidad para disfrutar plenamente de una aventura que se valora con el paso del tiempo. Si el alma es capaz de atesorarlas en el tiempo, las aventuras no terminan nunca”.